Con el peso de grandes iconos a espalda y sin posibilidad de renovarlos, un asesino logró grabar su nombre de forma macabra en la historia de la URSS: Andréi Chikatilo.

“Ciudadano X” fue el nombre asignado, en el perfil psicológico, al asesino que acechó la ciudad de Rostov en Rusia; la película homónima de 1995 relata la historia de forma omnisciente, hace paralelo entre el detective Viktor Bukarov (Stephen Rea) responsable de la investigación y el modus operandi del homicida, Andréi Chikatilo (Jeffrey DeMunn). Los actores encarnan personajes complejos, llenos de matices y emociones; el guion evita el maniqueísmo y rechaza los códigos morales absolutos, se toma el tema con la seriedad que se merece y no cae en versiones pintorescas y caricaturescas.
La tarea de Viktor Bukarov fue un doble desafío: por un lado, perseguir al asesino y por el otro, hacer frente a los tecnócratas que dificultaron la investigación, ya que, pese a la evidencia, el jefe político del partido comunista negó a ultranza que se enfrentaban a un asesino en serie, lo cual dio vía libre a Chikatilo para que asesinara durante varios años. La película va más allá de lo obvio y muestra la forma en que la burocracia soviética fue cómplice principal de este horroroso asesino.

La narrativa desentraña aspectos de la antigua Rusia soviética que no se suelen tener en cuenta; en la atmósfera se refleja de manera magistral aquello que un autor denominó como “hipernormalización”. Un estado de ánimo en el cual no existe la expectativa ni ensoñación del futuro, donde se reconoce lo miserable de la existencia, pero se acepta la mentira como parte de una farsa colectiva. Esta condición psicológica se apoderó de los soviéticos en las décadas previas a la disolución de la URSS, la fotografía del filme transmite esto a través de escenarios bucólicos y colores opacos.
En la película se deja entrever cómo, con el paso del tiempo, hubo cosas que a los dirigentes soviéticos se les salió de las manos, variables insospechadas que dificultaron sus planes; ante la imposibilidad de cumplir con las expectativas de una nueva sociedad, la mentira se hizo recurrente para ocultar la realidad. El caso Chikatilo fue muestra de ello, más allá de la demora para atraparlo, el inconveniente radicó en mentirle a la ciudadanía sobre el problema que enfrentaban. Aceptar la hipótesis de un asesino en serie era aceptar que la URSS padecía de los mismos males que aquejan a los países capitalistas, sin dunda, un sacrilegio a la moral comunista.
La crítica que hace esta película no se queda solo en retrospectiva, más aterrador que los asesinatos que muestra, es la forma de sugerir cómo la burocracia antepone los réditos políticos a la vida humana, por la necesidad de avalar un discurso que mantenga la ilusión de un falso bienestar.